Un blog sobre mitos y verdades acerca de la salud, la vida sana, la mente y el cerebro
29/12/2011
Las corrientes de aire NO son la causa de los catarros
Todo el mundo ha sufrido algún resfriado a lo largo de su vida. Es importante no confundir el catarro común (resfriado, enfriamiento, etc.) con la gripe. La gripe cursa con fiebre, tos, dolor de cabeza y mialgias (dolores musculares) mientras que el catarro cursa sin fiebre, con congestión nasal, con dolor de cabeza leve y casi nunca con dolores musculares.
Imagínate la cantidad de recursos económicos que consumen estas dos enfermedades. Sólo en España (según datos del INE) en el año 2005 acudieron 1.349.366 personas al médico consultando por la gripe. No hay datos de resfriados, pero es probable que superen con creces a los de la gripe.
Para la gripe hay vacuna (aunque unos años es más eficaz que otros) pero para los resfriados no.
Entonces ¿qué se puede hacer contra los catarros? Sólo una cosa: prevenirlos. Para ello todos tenemos a nuestras madres y abuelas. Quién no ha escuchado alguna vez ese consejo que dice “hijo mío abrígate bien, no vayas a enfriarte” o el “hijo mío quítate de la corriente de aire, que vas a pillar una neumonía”. Da igual que sean corrientes de aire templadas en épocas de verano; de hecho mucha gente ha experimentado “enfriarse” un día y despertarse con un catarro al día siguiente (o a las pocas horas) de haber estado expuesto a “una corriente”. Sin embargo, la realidad es que no hay ninguna investigación científica que demuestre que las corrientes de aire produzcan los catarros o la gripe. Por lo menos en adultos. Ambas enfermedades están causadas por virus (el virus de la gripe en el caso de la gripe y el coronavirus, rinovirus en el caso de los catarros), y no por el frío o por la diferencia de temperaturas.
Lo que sucede en la mayoría de los casos es una asociación entre dos sucesos (corriente de aire y escalofríos) que en realidad son independientes. Podemos contagiarnos del virus del catarro en muchas circunstancias (contagio entre personas, habitaciones poco ventiladas, estornudos en tu cara, etc.) El virus se multiplica y la enfermedad avanza a pesar de no tener síntomas. Ante esta fase pre-sintomática (no hay síntomas pero estamos ya infectados) nos hacemos más sensibles a los cambios de temperatura y reaccionamos con escalofríos porque ya ha empezado, poco a poco, la infección, y al aparecer los síntomas al día siguiente no dudamos en identificar a la “corriente de aire” como culpable de nuestro catarro.
Pero esta asociación de conceptos es errónea. Y es que todos tenemos muy dentro de nuestra mente que esos conceptos (corrientes de aire, frío y catarro) están relacionados cuando la realidad es bien distinta. Mucha culpa de ello la tiene el propio nombre de la enfermedad: resfriado (en inglés, frío y resfriado se dicen igual: cold). Incluso algunos médicos siguen con eso de “abrígate bien no vayas a recaer” y cosas así.
Sin embargo esta falta de relación entre el frío y los catarros se conoce desde hace un siglo. El primer estudio al respecto data del año 1929 en el American Journal of Public Health . Es un estudio muy curioso en el que se comparó el absentismo escolar con las temperaturas ambientales. En él se puede encontrar una conclusión tremendamente interesante: que el catarro común está asociado a las precipitaciones (las lluvias) pero no a las variaciones de temperatura. Explicaré esto de las lluvias más adelante.Los estudios más definitivos se realizaron a mediados del siglo XX. En estos experimentos se compararon las tasas de aparición de catarro entre voluntarios a los que les inoculaban virus del resfriado directamente en la nariz y de voluntarios que se exponían a bajas temperaturas. Todos los estudios constataron la ausencia de asociación entre el frío y el catarro común. Los textos actuales de microbiología califican de “folklore popular” erróneo cualquier relación de causa-efecto entre el frío, las corrientes de aire y el catarro común . Pero la idea está tan extendida y ha durado tantos siglos que es muy difícil desterrarla aun disponiendo de datos evidentes.
Esta relación es tan fascinante que los estudios al respecto se siguen llevando a cabo. En uno muy gracioso, del año 2005, se tomaron 180 voluntarios sanos; a la mitad les enfriaron los pies, y a la otra mitad no les hicieron nada. El resultado fue que únicamente el 10% de los “pies enfriados” informaron (subjetivamente) de que tenían algún síntoma catarral y que era significativamente muy poco distinto que los sujetos a los que no les hicieron nada. Sí que hay algunos estudios en los que la baja temperatura ambiental es factor de riesgo para padecer infecciones respiratorias, pero únicamente en recién nacidos de baja condición socioeconómica (con lo cual podría deberse no sólo al frío, sino a los factores relacionados con las bajas condiciones socioeconómicas).
Otros estudios defienden que, aunque el frío no sea la causa del resfriado como tal, podría contribuir a que la infección se produzca más fácilmente, mediante mecanismos de vasoconstricción de la mucosa nasal o alteración de la inmunidad. La verdad es que todavía no se dispone estudios amplios al respecto, con lo que no hay evidencia ni a favor ni en contra. ¿Y el estrés psicológico? Pues parece que, según algunas publicaciones, estar sometido a un gran estrés sí que puede suponer un mayor riesgo de padecer un catarro al producirse una alteración en la inmunidad debido a la ansiedad.
Lo que está claro es que sin virus no hay catarros ni gripes. Es decir, contagiarse del virus del catarro y de la gripe es una condición necesaria para padecer cualquiera de estas enfermedades. Las corrientes de aire o el frío, no hacen que te resfríes. Entonces centrémonos en los virus. ¿Cómo se contagian? No hay ninguna duda de que la convivencia de los niños durante el período escolar en guarderías y colegios y el mayor hacinamiento de la población en lugares cerrados durante los meses más fríos son los factores que más favorecen la propagación de los catarros.
Además, la humedad ambiental representa un factor importante para la supervivencia de los virus (y en el hemisferio norte, donde se sitúa España, los meses más húmedos suelen ser lo más fríos). Generalmente, un adulto padece como promedio dos o tres catarros por año y un niño, siete u ocho. Los adultos que conviven con niños padecen más resfriados que los adultos que no lo hacen. De hecho el mayor reservorio de virus respiratorios está representado por los niños de corta edad. La propagación del resfriado se produce principalmente en el hogar, en los colegios y en las guarderías. Los niños adquieren los virus de sus compañeros de escuela, los llevan a sus hogares y las transmiten a otros miembros de la familia de las siguientes maneras:
a) Por contacto directo. Piensa en las veces que un niño (y también un adulto) se toca la nariz a lo largo del día. Y un niño (y a veces los adultos) pasan mucho tiempo resfriados. Luego el niño te va a tocar con sus manos (para jugar, darte algo, etc.). Y a saber lo que harás tú con tus manos después de haber tocado al niño. Te comerás las uñas, te tocarás tu nariz, etc. Es fácil, muy fácil, contagiarse de este modo.
b) Por partículas, pequeñas gotas respiratorias. Cuando se estornuda, cuando se tose, o simplemente al hablar, se emiten cientos de pequeñas partículas de saliva en donde los virus se encuentran tremendamente cómodos.
Ahora piensa en todas las combinaciones posibles de las dos anteriores. Imagínate un día de invierno (la estación con mayor incidencia de resfriados) dentro de un autobús urbano con mucha gente dentro. Abarrotado. Las ventanas del bus están bien cerradas, porque afuera hace mucho frío. Y dentro hay unos cuantos pasajeros que tosen sin taparse la boca, que estornudan en tu cabeza, o que segundos antes han tocado la barandilla (en la que tú te sujetas ahora) con sus manos repletas de millones partículas víricas que han cogido de su boca mientras tosían o estornudaban.
En las iglesias sucede algo parecido. En misa, en el momento de “dar la paz”, en España lo que se suele hacer es dar la mano a los que tienes alrededor. Pero hay gente que da mucho la mano. Muchísimo. A veces a todos los fieles que están dentro de la iglesia (y pueden llegar a ser muchos, sobre todo en la misa de las doce). Imagínate lo que ha podido hacer esa persona con su mano antes de dártela. O lo que han hecho todas y cada una de las personas que previamente le han dado la mano a quien te la está dando a ti.
Entonces ¿por qué es en invierno cuando más catarros hay? Porque es cuando los niños van al colegio (en verano no van), cuando más nos hacinamos (por ejemplo en los sitios de trabajo, en las clases, o en los medios de transporte) y cuando más gotitas respiratorias hay en el ambiente (porque es cuando suele llover más y hay más humedad, por lo menos en el hemisferio norte). Por eso, las personas mayores acuden más al médico por enfermedades respiratorias en los meses fríos . Pero no es por el frío. ¿Entiendes ahora por qué se contagian los virus tan fácilmente? El frío no tiene nada que ver. Es más, las corrientes de aire ayudan a ventilar y hacen que los virus respiratorios desaparezcan del ambiente. Si el autobús repleto de gente llevara las ventanas abiertas (aunque haga frío) el riesgo de contagio sería muchísimo menor.
Los catarros se transmiten por las manos. Suena raro, pero es así. Por eso es tan sano lavarse las manos antes de comer, o ponerse un pañuelo delante al toser o estornudar, o abrir las ventanas cuando vas en el bus urbano. Cuando estés tocando una barandilla (en el metro, o en algún edificio público) piensa en quién la ha podido tocar antes. En definitiva, para mejorar el catarro sólo hay una cosa eficaz: esperar a que se vaya. No sirven ni la inhalación de vapores calientes ni tampoco tomar vitamina C . Y ésta tampoco previene los catarros. Ni aunque te tomes cinco pastillas de vitamina C al día.
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